Maracaibo acondicionada: crónica de una caliente realidad
Casi amanece en la tierra del sol amada. El calor seco y pesado que provocará el sol amante sobre la capital zuliana llegando al medio día no se compara con el fresco silencio que gravita ahora en las calles desoladas. La calma de la madrugada cafecera sigue en pié. Todavía la bruma costera no se ha espesado con el humo cremoso que botan la gran mayoría de carritos por puesto, cuyos motores siguen durmientes. Las grandes industrias situadas estratégicamente junto al lago marabino para vomitarle sus desechos todavía no han prendido sus ardientes chimeneas fumadoras. Y tampoco han salido los miles de automóviles que abarrotan y calientan aún más las arterias viales de la ciudad. A estas tempranas horas, todo parece pensar que la naturaleza marabina puede respirar un poco más aliviada del calentamiento que ha venido desequilibrando su dinamismo. Pero la verdad es que, mientras todos duermen, un gigantesco ejército de máquinas de hacer frío trabaja sin cansancio para refrescar el sueño en los hogares de esta ciudad acondicionada, emitiendo en su funcionamiento miles de toneladas de dióxido de carbono (CO2), uno de los principales gases que contribuye al cambio climático que está azotando a nuestro planeta.
La madrugada muere, y ahora los rayos solares comienzan a peinar el suelo. La ciudad despierta, y con ella los motores de autos y fábricas. Pero paradójicamente, justo al asomarse el sol, se empiezan a apagar en las casas los aires acondicionados, esos preciados cajones que soplan frío y hacen más agradable la habitabilidad en el estado más caluroso de Venezuela. Pero esta “ambientación” tiene un precio, tanto económico para el cliente, como natural para todo ser vivo. Por un lado, el aire acondicionado representa más del 75% del total de electricidad consumida domésticamente, y por otro, debido a su efecto refrigerante, el procesamiento de gases en el artefacto produce dióxido de carbono (CO2), un gas cuya multiplicación ayuda a recalentar nuestro planeta. En ambas implicaciones esto sólo significa más y más demanda de energía, cuya producción está ligada, también, a la quema de combustibles fósiles, es decir: más y más calentamiento global.
Bien temprano y café en mano, Héctor Antonio Caro apaga su pequeño ventilador, el que todas las noches le sopla a su esposa y a su bebé de cinco meses mientras duermen. Trabajando como vigilante diez horas seguidas y seis días a la semana, al padre de familia todavía no le alcanza para adquirir un aire acondicionado para su habitación rentada, situada en una casa en el sector La “Y”, vía Los Bucares, en Maracaibo. A pesar de esto, el hogar de Héctor emite CO2 cada vez que un miembro de su familia respira. Luego, ese mismo CO2 será transformado por las plantas en oxígeno, que será de nuevo consumido por el humano. Y es que el dióxido de carbono es un gas que se encuentra por toda la naturaleza y que ayuda a mantener equilibrada la temperatura de la tierra junto a otros elementos como el vapor de agua y el metano. Pero cuando la actividad humana industrial se ha hecho indetenible, procesos como la combustión disparan los niveles de C02 en la atmósfera, aumentando drásticamente la temperatura de la tierra y, lo que causa una distorsión del normal curso de su dinámica natural. Este fenómeno ha venido a representar una amenaza para la vida en el planeta.
Mientras los líderes políticos y foros internacionales no tienen otra opción que afrontar el problema, y cojean en las acciones para disminuir las emisiones de CO2, Marisela Núñez enciende la unidad centralizada de aire acondicionado de dos toneladas que enfría la lujosa sala de su hogar familiar. El sol marabino está quemando desde lo más alto, se ve desde la ventana del apartamento ubicado en el sector Tierra Negra, zona de clase media alta de la capital Zuliana. En contraste, el apartamento de Marisela produce mil veces más cantidades de CO2 y consume hasta veinte veces más electricidad que la pieza de Héctor Antonio Caro. Con 3 millones seiscientos mil habitantes, y teniendo su capital, Maracaibo, la mitad de esa población, en todo el Zulia se repite la misma cultura del aire frío artificial. Esta situación hace que sea, lejos, el estado que más consume energía eléctrica en el país. De hecho, si Maracaibo por sí sola fuese un país de Suramérica, triplicaría a cualquier nación de ese subcontinente en cuanto al consumo promedio anual de un habitante (10.000 Kilovatios/suscriptor/año).
Mientras Maracaibo alcanza los ardientes 45 grados centígrados en el apogeo del medio día, en la población vecina de La cañada, se queman cientos de barriles de combustible y se procesa vapor de agua en el funcionamiento del ciclo combinado termodinámico, en la recién inaugurada planta eléctrica Termozulia 2, en la cual se producen 470 Megavatios para satisfacer parte del desproporcionado patrón de consumo energético de los Zulianos. Pero este modelo consumista solo es una representación de su homólogo a escala planetaria. Han sido las grandes potencias mundiales las que han implantado la desmedida industrialización de las sociedades, lo que se ha conllevado a un desarrollismo insostenible por la propia naturaleza. Producto de esta producción energética contaminante, sólo en el siglo pasado los niveles de CO2 en la atmósfera subieron más del 25% con respecto al nivel promedio histórico, pasando de un volumen de 300 a 380 partes por millones. Esto ha significado a su vez un aumento nunca antes visto en la temperatura del planeta, de más de 0,8 grados centígrados en menos de cien años.
A las tres de la tarde, las brillantes aceras marabinas fríen las alpargatas del guajiro que vende frutas asomándose a las frías cabinas de los automóviles donde se sientan conductores que no lo piensan dos veces para abastecer sus vehículos, siempre que sea necesario, con la gasolina más barata del mundo. Mientras en los Estados Unidos el galón del líquido amarillento cuesta alrededor de 3,4 dólares, en Venezuela vale 0,35Bsf, es decir, sólo 16 centavos de dólar. Como consecuencia del monstruoso crecimiento del parque automotor zuliano en los últimos años, las permanentes largas colas no sólo significan más probabilidad de venta para aquél vendedor indígena, si no un espaldarazo más al calentamiento global, y con éste, el agravamiento del cambio climático planetario. Así como en Maracaibo el calor se ha vuelto mucho más intenso en periodos de sequía, en la temporada lluviosa la temperatura ha bajado a niveles inverosímiles; cerca de los polos, los inviernos y los veranos ahora son más inclementes al extremarse sus temperaturas; milenarios glaciares empiezan a desaparecer en un derretimiento mundial que afectaría a cientos de millones de personas, y Maracaibo es una ciudad costera…
La concienciación sobre la situación actual planetaria no ha tenido asidero en mentes como la de María Laura Silva, una joven Marabina de diecisiete años de edad, quien a las 5:15 de la tarde atraviesa la puerta de entrada de su centro comercial favorito para hacer compras: El Sambil Mall, una gigantesca caja de concreto succionadora de energía, ubicada en la zona norte de Maracaibo, y que simboliza la nueva sociedad consumista que está impulsando el recalentamiento de nuestro planeta. María Laura tardó una hora en llegar al Sambil gracias al caos vehicular propio de la hora pico marabina. A esa hora, los comercios y oficinas en el resto de la ciudad apagan las luces y los imprescindibles aires acondicionados, y los trabajadores del tercer sector socioeconómico que consume más energía, luego de la industria y el transporte, salen rumbo a sus casas, en donde la televisión les dirá casi nada acerca del uso eficiente de la energía.
En medio de esta crisis ambiental, hija del despilfarro energético, los países industrializados titubean en la implementación de fuentes de energía menos contaminantes y renovables para disminuir las emisiones de CO2, porque le temen a la desaparición de sus grandes industrias, que se motorizan con combustible fósil, y de las cuales depende su poderío mundial. Es entonces cuando los ciudadanos se ven de manos cruzadas en su impacto en el mejoramiento ecológico del planeta. Allí es cuando juega un papel vital la eficiencia en la utilización de la electricidad en el ámbito más directo donde podemos influir: en nuestros hogares.
A las siete de la noche el cielo Marabino pinta un azul oscuro. Carlos Gonzales está en su casa, en el sector San Miguel, junto a sus dos hijos y su esposa, descansando de una larga jornada laboral. Como la gran mayoría de las familias zulianas, los Gonzales sacrifican las soleadas tardes sin disfrutar del aire acondicionado para usarlo luego, en las horas de la noche, y tener así un frío y confortante sueño; y ya es la hora. Al pasar las ocho, Carlos enciende su nuevo aire acondicionado de alta eficiencia que logró adquirir por medio de un programa de sustitución de estos equipos que impulsa la compañía eléctrica regional, Enelven. Por el resto de la noche, él y su familia disfrutarán de ocho horas de refrescante sueño, con el adicional de que, sólo por el cambio a la nueva unidad, el consumo eléctrico de este mes bajará en un 55%. Así como el aire de Carlos, se han sustituido más de 35 mil unidades de aire acondicionado en todo el Zulia como parte de este plan de concientización energética. A pesar de que el enfoque del programa se hace en la disminución del costo de la factura eléctrica en vez de mirarlo por el lente ambiental, la disminución del consumo de 315 Giga vatios/año ha evitado que se emitan más de 500.000 Toneladas métricas de CO2 al año en el Zulia.
Ya entrada la noche, Héctor Antonio Caro, sin saber que es víctima de un calentamiento global que cada vez se agudiza más, aprieta el botón que enciende su pequeño ventilador. Su esposa y su bebé duermen mientras las aspas comienzan a girar y a empujar aire hacia sus cuerpos. En ese mismo momento, Marisela Núñez enciende las dos unidades de aire central que enfrían su apartamento y el sueño de sus tres hijos. La madre de familia se acuesta sin conocer ejemplos de uso eficiente de la energía como el de Carlos Gonzales, quien viviendo en un país desbordado de fuentes energéticas, tomó una pequeña decisión doméstica que puede apilarse a grandes cambios positivos en el planeta.
Y cuando la noche está asentada en la recalentada Maracaibo petrolera, al otro lado del Atlántico, amanece en Nigeria, África, y comienza el día de más de setenta millones de personas que nunca han disfrutado de la energía eléctrica.









¡Qué hermoso este escrito!
Está muy lejos de ser las tan cacareadas sugerencias que he escuchado y leído en cualquier medio. Parece mentira que seamos creadores de nuestra propia destrucción, y tú logras reflejar eso de manera inteligente. No tenemos otro planeta adonde mudarnos.
Una buena lectura, ojo crítico; imprescindible para cualquier periodista.
Saludos y cariños de otra estudiante de periodismo.
Gracias Betzabe. Me animas a seguir escribiendo.
Espero que escritos como este sigan difundiéndose y cada vez seamos más eficientes en el cuidado del ambiente, o mejor dicho, menos eficientes en dañarlo.
Gracias mil por leer estas letras escondidas.